La invitación

Photo by Counselling–440107

Era viernes al mediodía y solo se escuchaba el ruido de las aspas del ventilador metálico; por suerte nuestro bloque quedaba a la sombra de una enorme mata de mango que nos protegía un poco del sol de Maracaibo. Faltaba media hora para que sonara el timbre y la maestra Doris nos había dado permiso de leer o dibujar mientras ella terminaba de firmar los diarios para los papás. “Oído al tambor: los voy a ir llamando por orden alfabético para que vengan a recoger su Moral y Luces y la invitación al cumpleaños de Isabella”. Todos nos miramos emocionados, ya se había regado el rumor de que la fiesta sería una piscinada en el Hotel del Lago y habría miniteca. Además, los tequeños del Hotel del Lago tenían fama de ser los mejores de la ciudad. “Silencio pues”, ordenó la seño mientras golpeaba el escritorio metálico con una regla.

Aunque era la última de la lista cerré mi libro, estaba tan emocionada que no me podía concentrar. Isabella me había dicho que su mamá le había dado permiso de invitarnos a mí y a una amiga del ballet a dormir en su casa después de la fiesta para ir a navegar con su familia el domingo. Cuando por fin llegó mi turno me acerqué al escritorio a recoger mi Moral y Luces, pero la seño no me entregó la invitación. Yo le tenía mucho miedo a la maestra Doris, me recordaba a la señorita Rottenmeier, con sus atuendos severos, sus modales bruscos y ese ese moño estirado que siempre llevaba. Me armé de valor y le pregunté, “Seño, ¿y mi invitación?”. En ese momento sonó el timbre, “¡Vayan saliendo sin empujar!” gritó. El salón quedó vacío, pero yo seguía parada al pie de su escritorio. “No, mi amor, a ti no te invitaron”. Apreté mi Moral y Luces contra el pecho y volví a mi pupitre a recoger mis cosas.

Isla Negra (Primera persona)

Foto: archivo personal

Había soñado con recorrer la legendaria casa de Pablo Neruda desde que tenía quince años, cuando con mi mejor amiga leíamos en voz alta pasajes de su autobiografía y declamábamos sus poemas mientras recorríamos los pasillos del colegio.

– Sucede que me canso de ser hombre…

– ¡Pero dilo con intención! – me decía Laura, que estudiaba teatro y quería ser actriz.

– ¿Con intención de qué? – le respondía yo y nos reíamos como locas.

Cuando por fin tuve la oportunidad de visitar Isla Negra estaba tan emocionada que no pude comer nada en todo el día. Era nuestro último fin de semana en Chile, Eric y yo habíamos viajado para asistir a la boda de mi papá, y entre los preparativos para el gran día y las invitaciones de la familia y los amigos de Esther, su pareja, no habíamos podido escaparnos.

– Sabes que odio a Neruda – me dijo Eric cuando salíamos de Santiago.

– Nadie te obligó a venir, yo te dije que no me importaba hacer la visita sola.

– ¿Estás loca? Qué hubieran pensado tu papá y Esther…

– Bueno pues haz de cuenta que vamos a visitar la casa de otro autor famoso y ya está.

Eric estaba intratable desde hacía varios días, pero dos años de relación me habían enseñado que era mejor no pararle bolas cuando se ponía así.

Llegamos un poco tarde, pero tuvimos suerte y nos tocó la última visita. Nadie más se había anotado y Patricio, nuestro guía, pudo dedicarnos toda su atención. Le hice mil preguntas sobre los mascarones de proa, su origen, sus leyendas y cómo llegaron hasta esa isla que al final no es una isla. Pero también me interesaban detalles más triviales: si el edredón en la cama de la habitación principal era el mismo que usaba Neruda, si vendían copias de los cojines en la tienda de souvenirs, cómo hacían para que no se destiñeran los textiles, si aquel adornito lo habría escogido Matilde, lo impecables que estaban los ventanales …

Patricio sonreía y me contestaba lo mejor que podía.

– ¿Y cuánto tiempo les lleva limpiar esta infinidad de objetos tan pequeños y delicados?

– Es la primera vez que me preguntan eso, señora.

Me reí y le pedí disculpas por ponerlo en aprietos.

– Perdona, Patricio. Siempre soñé con visitar esta casa y quiero saberlo absolutamente todo.

Me di vuelta buscando la sonrisa cómplice de Eric, pero su expresión de desprecio fue un balde de agua fría.

– ¿Por qué tienes cara de culo?

– Coño, Talía, porque siempre me haces pasar vergüenzas con tus preguntas ridículas.

Decidí que era mejor ignorarlo y no dejar que me arruinara lo que quedaba del día. Le indiqué a Patricio que siguiéramos con el tour. Cuando terminamos de recorrer la casa nos acompañó hasta la tumba de Matilde y Neruda en la playa, donde concluyó la visita.

– Gracias, Patricio. Me encantó la visita.

Le estreché la mano y le di una propina generosa.

– Gracias a usted, señora Talía – me dijo sonriente.

– Mi nombre es Paloma, Talía es la exesposa de mi novio – le respondí devolviéndole la sonrisa.

Di media vuelta y me fui a caminar por la playa. No tardé en sentir la mano de Eric agarrándome por el brazo para obligarme a detenerme.

– No era necesario que me humillaras de esa manera frente al guía.

– ¿Yo te humillé? Mira que tienes cojones, ¡tú me llamas Talía, pero el ofendido eres tú porque te puse en evidencia delante del guía!

– ¡Estás histérica!

– Histérica no, ¡furiosa es que estoy! No es posible que ni en el culo del mundo te puedas destetar de tu ex.

– Tú no entiendes, a Talía y a mí nos unen quince años de historia común que no puedo echar por la borda así como así.

-Eric, ella los echó por la borda cuando te dejó por otro. Si sigues así vas a pasar el resto de tu vida cargando con ese lastre.

– Está embarazada.

– ¿Qué dijiste?

– Talía está embarazada

– ¿Es tuyo?

– No, pero yo le dije que puede contar conmigo y que estoy dispuesto a darle mi apellido al niño.

De pronto sentí que no podía respirar, se me doblaron las piernas y me senté en la arena.

– Déjame sola, necesito respirar la brisa y el olor del mar.

– No seas dramática…

– Vete, espérame en el restaurante del museo.

Cuando por fin se fue me acosté en la playa. El sonido de las olas y el juego de colores del atardecer sobre el Pacífico no se parecían en nada al mar Caribe de mi infancia, pero me ayudaron a respirar mejor y a pensar con claridad. Por segunda vez decidí no dejar que me arruinara lo que quedaba del día. Me puse de pie, me sacudí la arena y caminé hacia el restaurante. Eric estaba sentado en una mesa al pie del ventanal tomándose una cerveza.

– Voy al baño a peinarme un poco y a lavarme la cara.

– ¿Te voy pidiendo algo?

– Sí, porfa, pídeme una empanada de pino para empezar. ¡Y un caldillo de congrio, que tengo mucha hambre!

Me lavé la cara y las manos y me quedé un rato mirándome en el espejo. Ni siquiera intenté peinarme, entre la brisa y la arena mi melena parecía un nido de aves salvajes. Cuando salí del baño me detuve en la puerta del restaurante; Eric estaba absorto en su iPhone. Me encogí de hombros y salí al estacionamiento. Me senté en el capó del carro que habíamos alquilado especialmente para visitar Isla Negra y prendí un cigarrillo. Desde que Eric había dejado de fumar odiaba que yo lo hiciera. Pensé en todas las cosas que había dejado de hacer o disfrutar porque él las odiaba o le parecían ridículas: tuve que cambiar de perfume porque su ex usaba el mismo, no podíamos escuchar a Springsteen porque le parecía sensiblero, se burlaba de mis amigas y de mí porque nos gustaba Harry Potter…

Apagué el cigarrillo y me subí al carro. Tiré el bolso en el asiento de atrás, ajusté el retrovisor y emprendí el camino de regreso a Santiago decidida a no dejar que me arruinara un día más de mi vida. – ¡Chivo que se devuelve se desnuca! –, exclamé, y me reí como loca.  

Lecturas recientes: Cosas peores y Malas posturas

Cosas peores de Margarita García Robayo y Malas posturas de Lina María Parra Ochoa.

Dos colecciones de cuentos de dos autoras colombianas contemporáneas. Tienen en común que ambas narran la vida cotidiana, con sus horrores, sus contradicciones y sus tragedias, pero cada una con una voz única y distintiva.

Este es el primer libro de Lina Parra y creo que no se consigue fuera de Colombia. Margarita García Robayo ha publicado colecciones de cuentos y novelas que están disponibles en Latinoamérica y España, y tiene incluso una colección de cuentos traducida al inglés. Si les gustan los cuentos y la literatura contemporánea, anótense sus nombres en la lista.

An Ordinary Story

(This is my own translation of my short story Una historia común, originally written in Spanish)

Ever since the protests started my mom bites her nails when she watches the news. Sometimes she cries, like when they announced that a student who had been hurt during a demonstration in Bogotá had died. Last Tuesday my dad told her that she should try to calm down, that she was going to make herself sick if she got into a state whenever something tragic happened in Colombia. My mom was furious, she told him that he didn’t know shit about police brutality and dead students and that he was “just a French bourgeois posing as a Leftist”. She’s not wrong, my dad doesn’t know anything about police brutality and dead students, but it’s not his fault. He grew up in a vastly different country, and she has never talked to him about her family’s losses.

She hasn’t told me anything either, but I overheard her talking to her friend Farida the other day. My mom was 7 years old when her cousin Pacho was killed. He was a 19-year-old chemical engineering major and a student leader. She remembers exactly the last time she saw him alive; it was the end of August and they were in Medellín for my grandma Esperanza’s birthday. Pacho and the other college-age cousins didn’t usually attend these family functions, they were always busy studying and if they had any free time, they’d rather hang out with their friends. But Pacho loved my grandma and he showed up that day with his guitar case and some flowers he had picked in the university’s garden. My mom didn’t get to know him very well because he was a lot older, but she remembers he was full of life and very affectionate towards my grandma and her sisters. Whenever he saw my mom, he would sing an old Spanish song about a girl with messy hair and he would make her laugh. That day he sang all the songs from the old Marisol and Rocío Dúrcal movies that my grandma loved but before he left, he sang a protest song that had become the anthem of the student movement.

My mom’s family went back to Maracaibo soon after. She started the second grade in September and made her school’s swim team on her first try. My aunt Anya was born in November, two weeks before my mother turned 7. At the beginning of December, my great grandpa Francisco called to tell them that Pacho was missing; they hadn’t heard from him in almost two weeks and they were getting worried because several student leaders had received death threats. Early the next morning they left for the airport. Back then there were no direct flights and the trip took almost a whole day. It was already dark when they arrived in Medellín; my great grandpa Francisco was waiting for them and when she saw his face, my grandma Esperanza knew that Pacho was dead.

Mom didn’t give Farida too many details, she just told her that Pacho had been dead for several days when they’d found him and that he had cigarette burns and ligature marks. Only close family attended the funeral and he was cremated that same day. Farida said she had to tell my dad everything and apologize for calling him “just a French bourgeois posing as a Leftist”. My mom agreed, she knew that she had gone too far and promised she would apologize to my dad and tell him everything that same night. But my dad left the apartment after their argument last Tuesday and he hasn’t come back. Now my mom cries and bites her nails every day, even when she’s not watching the news.

Hermanos

Photo by cottonbro

A Violeta le seguía pareciendo que Beto exageraba, pero pensó que finalmente no le costaba nada hacer lo que le pedía.

-De acuerdo, ¿y qué hago con los papeles?-, le preguntó a su hermano.

-Se los llevas a la Hermana Mariela.

Violeta arrugó la frente.

-Avísale a la mamá si no vas a llegar a cenar para que no se quede esperándote.

Beto sonrió al ver la expresión de su hermana. Siempre se había creído con derecho a regañarlo solo porque había nacido cinco minutos antes.

-Prometido -dijo abrazándola con fuerza.

Violeta llegó a la casa después del mediodía y aprovechó que no había nadie para buscar los papeles de Beto. No le gustaba entrar al cuarto de San Alejo, estaba lleno de chécheres y recuerdos de su papá, además el polvo le daba alergia.  Los encontró sin mucha dificultad, a la izquierda de la puerta en una de las cajas con tapa donde su mamá todavía conservaba los cuadernos y proyectos de arte de cuando eran niños. Estaba guardando los papeles en la mochila cuando escuchó el ruido de las llaves abriendo la puerta de la calle.

-¡Hola, mami! Voy a reunirme con unos compañeros de la U, tenemos que entregar un trabajo la próxima semana.

-¿Viene a cenar?

-Sí, mami, fresca. Si veo que me voy a demorar yo la llamo.

Cuando Violeta estaba cerrando la puerta de la casa escuchó el teléfono, “Fijo que es Beto”, pensó.

Se demoró en llegar a su destino porque tenía que tomar dos buses y terminar el trayecto a pie y cuesta arriba. A pesar de que no había vuelto a visitar el convento desde la muerte de su padre, quien fuera el médico de las monjas durante muchos años, la encargada de la portería la reconoció y la dejó entrar. Violeta subió al segundo piso, se acercó al torno y tiró de la cadena. No tardó en escuchar la voz acogedora de la hermana tornera a través del armazón giratorio. 

-Alabado sea Jesucristo.

-Sea por siempre bendito y alabado.

-Amén. ¿Qué se te ofrece, hija?

-Buenas tardes, Hermana. Soy Violeta Martínez, necesito hablar con la Hermana Mariela, por favor.

-¿Tienes visita?

-No, Hermana, pero es urgente.

-Bueno, le voy a avisar que estás aquí. Pero la próxima vez recuerda que debes pedir una visita.

-Muchas gracias, Hermana.

La hermana le pasó por el torno la llave del locutorio más pequeño, Violeta entró y se sentó a esperar. Cuando escuchó el ruido de pasos que se acercaban se puso de pie.

-Hola, Violeta.

-Hermana Mariela, disculpe que haya venido sin avisar, Beto me pidió que le trajera unas cosas.

La monja asintió.

-Te voy a abrir la puerta de los proveedores, te espero en cinco minutos.

Violeta salió lo más discretamente que pudo, se despidió de la portera y al llegar a la esquina corrió. Cuando alcanzó la puerta, la Hermana Mariela la guio por un pasillo que desembocaba en unas escaleras. Violeta conocía bien el convento, pero nunca había estado en el sótano. En el cuarto del incinerador, la Hermana Mariela le pidió los papeles y, sin mirarlos, los tiró adentro, cerró la puerta y lo encendió.

-Violeta, si pasa algo me llamas inmediatamente.

-¿Pero qué va a pasar? ¡Beto no está haciendo nada ilegal!

-No, pero las reivindicaciones sociales del movimiento en el que milita tu hermano están levantando roncha. Este fin de semana allanaron las casas de varios líderes estudiantiles en la capital, por eso acá estamos tomando precauciones.

Deshicieron el camino en silencio y se despidieron con un abrazo.

-Llámame aunque no pase nada, y ven a visitarme cuando quieras.

Ya había oscurecido cuando Violeta se bajó de la buseta. Le pareció raro ver toda la casa iluminada: su mamá era muy estricta con el ahorro y se la pasaba apagando las luces que ella y Beto dejaban prendidas. Enseguida que entró se dio cuenta de que algo había pasado: la sala parecía un campo de batalla, había cojines destrozados, platos rotos, adornos hechos trizas…

En la cocina encontró a su mamá fumando. Tenía los ojos hinchados de llorar.

-¿Se entraron los ladrones?

-Vinieron por Beto.

-¿Cómo así?

-Vinieron a buscar a tu hermano y como no lo encontraron, destrozaron la casa.

Violeta sintió que las piernas le fallaban y se apoyó en la mesa de fórmica.

-¿Quién lo vino a buscar?

-No sé…

Violeta se acordó enseguida de lo que le había dicho la Hermana Mariela, pero a esa hora las monjas ya no contestaban el teléfono. Arregló la casa lo mejor que pudo mientras su mamá preparaba un caldito de pollo con arroz. La vecina les insistió para que pasaran la noche con ella, no quería dejarlas solas, pero ellas no aceptaron; les preocupaba que Beto fuera a llamar y no encontrara a nadie.

A la mañana siguiente, Violeta se levantó temprano para llamar al convento. El teléfono de la casa tenía un ruido extraño y no daba tono, así que salió hasta el abasto de la esquina para usar el monedero.

-Hermana, ayer allanaron la casa.

-¿De dónde me estás llamando?

-De un público, ¿por qué?

-No uses el teléfono de tu casa para hablar de esto, si llama algún amigo de Beto preguntando por él, dile que tu hermano se fue para Miami.

-Pero Beto jamás se iría para…

-Por eso mismo.

Pero transcurrieron los días y nadie llamó. Una mañana lluviosa, cuando hacía ya dos semanas que no sabían nada de Beto, tocaron a la puerta. Violeta se sorprendió al ver que era su tío.

-Hola Violeta, ¿está tu mamá?

-Hola, tío. Está en misa, pero no demora. Pasa y la esperas en la sala.

Cuando la mamá de Violeta regresó de la iglesia y se encontró a su cuñado en la sala, estuvo a punto de desmayarse. Violeta corrió a su lado y la ayudó a sentarse en un sillón. A duras penas escuchó la voz quebrada de su tío.

-Lo siento muchísimo.